La Xideria: El hombre de los taladros - Capítulo I

la Xideria: El hombre de los taladros 


Capítulo 1: El hombre de los taladros 


Uno


"Observa esto, una bruja vestida totalmente de blanco huyendo a través de un largo y tenebroso camino de oro. Haciendo sonidos guturales que la asemejan a los de un conejo apunto de ser cazado o el de un zorro que sorprende a su perseguidor.

Puede ser una o la otra, no puedo estar seguro. Sin embargo, lo que si puedo decirte es esto: La Bruja Malvada del Oeste huía a través de las tierras mágicas de Mundo Medio y el hombre de los taladros siempre le perseguía.


 El hombre de los taladros es un huganda. Posiblemente el último de su especie. Y así como las leyendas de grandes serpientes marinas, la figura del hombre de los taladros te debe resultar familiar, pues así como muchas historias, la suya atraviesa el inconsciente colectivo a través del espacio y tiempo. 


Él puede ser tu mejor amigo, o tu peor enemigo. El huganda es un guerrero de lo que tu podrías llamar destino, pero él le llama El Verde. Y su verde lo guía hacia su presa con un único fin; una venganza que podrá traerle paz a los suyos. Solo comparte una cosa con su presa, es que ambos tienen muchos nombres, si es que alguien como él tiene uno." 


Y con un gemido gutural una criatura reptiloide cayó fulminada en el suelo con su vientre abierto. La sangre, de color azulada se extiendió por la arena de los alrededores, ensuciando la llanura con sus tripas desechas por el taladro del chico que yacia sobre su cuerpo. El sujeto era alto, con una espalda ancha y un saco azul que lo resguardaba del sol. 

El desierto se extendía como el mar. Casi infinito en cada una de sus extensiones. El calor avasallante le quemó la piel, haciéndolo parecer mucho más negro de lo que realmente era, no tenía un sombrero, no lo necesitaba o eso creía, levantó ambas manos, que eran sus taladros y ambas se volvieron viscosas, tornándose negras. 


Tardaron un par de segundos en volverse guantes sin dedos, pues de tener le estorbaría seguramente. Ya habían pasado dos meses desde que había pisado la arena de esas tierras por primera vez. Desde entonces, su cacería no había cesado pero sus necesidades no pasaban inadvertidas, con sus manos arrancó la cabeza del dragón muerto, dejando el resto a los buitres. 


Emprendió regreso a la pequeña aldea de Arroyo, las casas de barro y madera vieja seguían sorprendiéndolo casi tanto como esos extraños objetos que disparaban metal, o los hechizos, magia que solo había oído en mitos de su aldea. Cuando el frío chocó contra su rostro reseco y el cielo se tornó violeta llegó a la cantina de la ciudad. No era muy grande, pero le recordaba a su tribu. 


La gente no estaba sorprendida por el logro del chico, desde que los grupos de aventureros habían dejado de existir hacía 80 años y la creación de las armas de fuego que matar dragones no era algo tan novedoso (aún si estos podían destruir ciudades enteras). El chico de los taladros dejó la cabeza sobre el mostrador, recibiendo 30 dólares del imperio central. 


— te debería bastar por un buen tiempo —. Dijo el cantinero, un semi orco de edad ya avanzada. 


—¿Hay alguna noticia? — su voz era algo chiclosa, molesto el otro respondió. 


—No, pero… — permaneció en silencio, miró a una esquina de la cantina, en ella los observó un elfo oscuro que les sonreía de oreja a oreja. 


Acompañado de un perro tengo de color avellana opaco y cubierto de una capa de polvo y una claueta bufanda blanca, el elfo oscuro cumplía los estándares de su raza; alto, facciones cuasi etéreo, una melena larga y fina que llegaba a sus caderas, sus ojos, brillosos cómo las brasas de un fuego letal. Llevaba un sombrero, común en esas épocas dónde la pistola había reemplazado la espada. Cubierto de un poncho de alguna tela rosca. 


—Entonces… — el elfo escupió el pedazo de tabaco que llevaba entre sus amarillentos dientes. 

—¿entonces? — replicó el más joven. 

—¿Eres el único sobreviviente de Shady Water, no? — su sonrisa y la pregunta incomodó visiblemente al chico, quien se encogió de hombros. 

—no, no — trató de excusarse el chico. 

—aparte de aborigen, mentiroso, y además un peludo, seguro ni sabes leer —. dijo el elfo. El joven se mostró enojado, sus ojos brillaron de rabia. Agarró la mesa, listo para darle vuelta y aplastar la cabeza del elfo, pero el sonido del martillo del revolver del oscuro lo dejó petrificado… 


El muchacho recordó cuando recibió su primera bala, llegó a un pueblo donde fue tratado como un salvaje, un hombre trató de arrebatarle un vaso con agua que había recibido por parte de un clérigo local. El chico de pelaje marrón acabó por arrancar el rostro al individuo, uno de los amigos del aprovechados acabó por abrir fuego, dándole en el omóplato. Permaneció dos semanas en cama, atendido por la sacerdotisa y el clérigo. Por primera vez en mucho tiempo  que conocía la superficie fue tratado con amabilidad y cariño, mientras el clérigo le regaló  ropa. Como el dinero escaseaba sólo pudo conseguir un pedazo de de tela negra que transmutó en una camisa con un hechizo, un chaleco naranja de un fallecido, pantalones de color marrón claro junto a un saco azul. 


Lamentablemente no consiguió sombrero, el chico insistió en no ocultar sus marcas tribales, tampoco quiso aprender a leer. No permaneció ni un día más tras su recuperación. Escucho de la apariciones de destellos en el cielo, pidió las indicaciones y marchó en su búsqueda. 


—¿Y bien? — cuestionó el elfo oscuro aún apuntandole. 

—Debería decirle que paso, ¿No? 

—eso hice hace un rato —. El elfo levantó una ceja. 

—es un poco largo eso es todo — permaneció callado unos minutos más, sumido en sus pensamientos. 

—bien, tengo toda la tarde. 

—Bueno, supongo que fue así… 


Dos


Tras su recuperación el jóven emprendió una caminata larga a través de varias ciudades antes de llegar al desierto, había insistido en ir a pie más que nada por no saber manejar chicos — Aves de grandes picos chatos capaces de cargar a humanoides —, ni mucho menos aceptó acortar camino en esas espantosas máquinas de vapor que iban sobre rieles. La ciudad a la que se dirigía era la primera que veía en aquella marea de arena que si bien no contaba con estación, estaba a un día de una ciudad vecina que si tenía. 


Aún así era un pozo de mala muerte; las casas derruidas por el tiempo no mostraban que a los pueblerinos les importará. Algunos niños correteaban a las gallinas con sus hondas levantando nubes de polvo, había solo una calle principal cortada perpendicularmente por otras más pequeñas. 

Se agachó a examinar las arenas, como huganda podía sentir la energía de la tierra fluir, podía sentir irregularidades, fallas y, desde que conocía la superficie, magia. Cómo miembro de su raza, el suelo era una extensión de sí, y por eso pudo saber que no llovió en mucho tiempo. 


Dos cañones metálicos tocaron la nuca del muchacho de taladros. Una mujer avejentada por el salvaje desierto le apuntaba con una escopeta. Levantó ambas manos —Que todavía eran taladros— alertando a la vieja, que disparó sin dudarlo. El de piel marrón rápidamente giró sus taladros, haciendo que las balas ardientes de la mediana solo le hicieran roces a la ropa. 


—¿Qué coño? ¿Eres un dragonborn o que? — cuestionó la mujer asustada — ¿¡O eres alguna de esas extrañas criaturas que nos atacan!?

—solo soy un hombre que andaba de paso —. Dijo con neutralidad el chaval, mismo que llegó a intimidar un poco a la mujer. 

—Perdona, es que te ví así y pensé que eras algún invasor. 

—¿Invasor? 

—desde que aparecieron esos brillos en el cielo, la ciudad ha estado siendo asediada por Gnolls y bandidos, pero actúan algo raro, casi tanto como ellos — el chico giró la cabeza, saliendo del restaurante se hallaba un enano horroroso acompañado de un grupo de hombres igualmente atemorizantes. 


La mugre de sus uñas sobresalía de sus dedos, la capa de suciedad era tan densa que parecía una segunda piel. Su sonrisa era tan forzada parecía que los músculos de su rostro implosionaría logró perturbar un poco al chico. Los dientes, amarillos tan desgastados por falta de higiene lucian a nada de caerse. Su boca dejaba ir un líquido burbujeante que se escurría al suelo. Los niños al verlo salieron corriendo, algunas mujeres se metieron a sus hogares y los hombres agarraron instintivamente cualquier cosa que tenían a la mano. Sin embargo el barbón los ignoró totalmente, solo asintió con la cabeza de una forma errática, se alejó sin pronunciar palabra alguna. El chaval caminó cautelosamente junto a la mujer, entró a la posada donde su marido miraba por la ventana. 


—Querida, ¿Quién es el extranjero? Te dije que no salieras cuando el enano anda afuera — el hombre cuyas manos, desgastadas por una vida de trabajo, se aferró a su arma, un revólver. 

—casi le mato accidentalmente, abrí fuego por el pavor — "accidentalmente" repitió mentalmente el chico. 

—mujer, aparte de desobediente, eres una psicópata — el hombre se llevó una pipa a la boca. La mujer bufó mientras olía al invitado. 

—santo All-Mer hijo, ¿Cuando te bañaste po' última vez vo'? — el tono campirano logró dejar algo confundido al chico. 


El silencio se hizo presente, eso fue más que cualquier palabra. Ambos agarraron al joven, quien un poco reacio al inicio se negaba a quitarse la ropa. Los golpecitos de la mujer acabaron por forzarlo a aceptar, el hombre preparó una ducha fresca, el chico aunque trataba de evitar el agua como ácido fue llevado, cuánto sintió la frescura en la llena de sus dedos dejó que ambos ancianos tallaran su cuerpo dejando caer pequeñas cosas de mugre, ennegreciendo el agua. El espuma y la fuerza de ambos hizo que en poco tiempo el chico brillará de limpio. "jamás me habría lavado así" pensó el huganda. 


—Dios sí que apestabas hijo —, el hombre le pasó una toalla. 


Tres


Aunque evitará hablar sobre sus razones y objetivo, reveló cosas pequeñas: le gustaba la música que tocaba el hombre en el piano, al punto que este último, gustoso, aceptó enseñarle un poco. Amaba las hamburguesas de la señora, las hacía a base de cucarachas gigantes que cazaba en la parte trasera del cason. El chico empezó a ayudarlo en eso, pero probablemente era el único en el pueblo (además de su esposo) que las comía. 


Las noches eran tal vez lo mejor, la mujer lo guiaba a la habitación más pequeña de la casa, la ornamentación era más amigable en comparación. Dibujos de osos y caballos adornaban las paredes y al lado de la cama había una cuna pequeña (algo que no había en su tierra de origen).


Lo que no pudo entender fue, ¿Por qué la mujer lloró el resto de la noche junto a su esposo? 


El día siguiente, el anciano lo guió hacia una cueva cercana, iban de caza. 


—¿Está seguro de que no quiere que le pague?— el de piel morena se mantuvo cerca. 

—preferiría que no— el hombre mostró una sonrisa. 


Armado con el rifle, se metió a un pasadizo oscuro, gotas de rocio caían sobre su cabeza, el joven se cubrió con los taladros. 


—cuando llegué, su esposa me presentó a un hombre, parecía totalmente arruinado. Casi como un muerto en vida. 

—el viejo Jenkins — respondió con calma —. Es algo aterrador, ¿Querés oír? 

—por favor. 


Cuatro


Jenkins era una peste para el pueblo, unos veranos atrás había abusado de una cabra, lo que ocasionó que lo lincharan. Perdió casi todos los dientes por la paliza. Cuando el doctor de la ciudad acudió en su auxilió ya era de noche y habían transcurrido 6 horas en el sol. Jamás pudo recuperar la movilidad de la pierna derecha después de eso. 

Uno pensaría que Jenkins no sé metería en problemas y simplemente seguiría fumando opio en medio de la ciudad o durmiendo después de una borrachera, pero no. Un par de meses después, el sheriff lo encerró por 3 días en la cárcel por vender cannabis a los niños del pueblo. Pensaban que lo mínimo pasaría un año (pues, era algo no muy grave en la actualidad y no había leyes contra eso), pero fue liberado, nadie sabía porque pero las cosas volvieron a la normalidad. 


No hubo algo de aquella magnitud por mucho, no hasta la semana pasada. Ese día el calor era más que destacable, más que cualquier otro en el infame desierto de Anauroch. El viejo vómito por todo el bar, lo que le ganó ser corrido afuera. 

Buscó agua para aliviar su malestar pero solo se topo que todas las fuentes de agua o se habían secado o se le eran negadas. Los ancianos que solían juntarse a jugar póker en la sombra de un viejo árbol le vieron; con los ojos inyectados en sangre y un hedor nauseabundo se desprendió de sus labios antes de caer tieso frente a ellos.


El entierro ocurrió casi de inmediato, nadie lo quería después de todo. Los únicos que asistieron fueron un perro que él alimentaba y el padre local, esa misma noche y de manera hipócrita se hizo una fiesta en su nombre. Con el piano tocando melodías a todo volumen, la gente danzaba alegremente con felicidad. Los que odiaban a Jenkins se emborracharon hasta quedar bien rojo y las mujerzuelas presumían sus faldas cortas. 

Ese día el bar estaba que reventaba. El suelo estaba por caerse del peso. No fue sino hasta pasada la medianoche que un brillo verde, sobrenatural iluminó desde afuera la fiesta que la gente se horrorizó. El viejo elfo del pueblo que parecía intranquilo se levantó de su asiento mientras tomaba su pipa con nerviosismo y los ojos perdidos, toda esta gente posiblemente jamás había visto un hechizo básico siquiera, no, el mundo había cambiado demasiado como para que algunos conocieran la magia. 


Finalmente el elfo alcanzó a pronunciar una respuesta corta: 


—Es un necromante. 


La aglomeración solo susurraba entre sí mientras el calor de la sala solo aumentaba conforme a los minutos. La desesperación incrementó aún más cuando figuras extrañas empezaron a pasar entre las ventanas, eran visibles gracias a sus sombras, mismas que se formaban por el evento sobrenatural que los tenía asustados. Algunas de estas figuras dibujaban rostros antiguos y podridos. No fue sino hasta una hora que el destello se detuvo, sin explicación, tan rápido como vino se fue. 


Cinco 


La sala permaneció en un profundo silencio sepulcral, nadie se atrevió a moverse o emitir sonido alguno. El sheriff del pueblo seguía fuera del pueblo, no volvería sino hasta pasado mañana, así que no había armas más que 2 rifles viejos que no funcionaban. 


—¡All-Mer mio! — exclamó con pavor uno de los jóvenes allí presentes quién se puso pálido al ver como una mano cadavérica se posaba sobre la puerta del lugar. Era el viejo Jenkins, igual a como había sido enterrado. 


La mayoría copió la expresión, los gritos se hicieron presentes y papeles y botellas volaron, la faena no acabó sinó hasta que la multitud huyó por la puerta del frente. 


Seis


—Es extraño — dijo el joven de los taladros sin agregar más. 

—Desde entonces, todos los que han rodeado a Jenkins han ido cambiando, muchos del pueblo ahora están igual. No queremos atribuir esto al gris, el sheriff nos dice que nos calmemos simplemente, pero desde que el padre de la iglesia se puso igual a Jenkins ya no sabemos en qué creer. 


El resto de la tarde ambos se dedicaron a cazar cucarachas. Cuando el sol se puso regresaron y la señora Johnson preparó la cena con la carne y después fueron a acostarse. 

El huganda miró en la cama sus cosas ya preparadas para emprender de nuevo su viaje. No llevaba mucho por no decir nada, solo lo indispensable; una pequeña bolsa común en peregrinos que le habían obsequiado con una cantimplora y un cuchillo de caza. Se recostó, con su saco entre sus manos (se había quitado los guantes-taladros) y la olfateo, era lavanda y brillaba por la limpieza de la señora, era más suave de lo que recordaba, como la piel de Nao. El huganda era imaginativo, pensar en que pasaría cuando encontrara a su hermano y a Morgans le impedía no tener imaginación. 


Los pensamientos le costaron un par de horas de descanso, lo mismo no era algo que le importase, desde hacía años que no dormía bien. Su mirada se centró en una pequeña luz celestial se hizo presente en mitad del cuarto, lo que causaría miedo o esperanza en cualquiera para él era una molestía ya. 


—¿Por qué insistes en torturarme, ángel? — el de piel oscura se volteó a ver a la aparición; un hombre joven de cabello castaño y toga lo miraba fijamente. 

—Porfavor, joven huganda, haz caso a mí pedido — rogó (como en tantas otras noches) el ángel, casi desesperado. 

—Me niego a hacer caso a los deseos del dios que te haya enviado. — fue firme con sus palabras. 

—El ser que me envió se niega a ser mencionado de todas las formas posibles, él prefiere presentarse ante ti a su debido tiempo. — el ángel le miró con severidad antes de seguir — debes seguir el camino dorado, pero no por la venganza, sino porque debes salvar la ciudad esmeralda. 

—¿Acaso el "dios" al que sirves ayudó a los míos cuando los gipers asesinaron a sangre fría a mujeres y niños por igual? — el ángel no contestó — entonces lárgate vasallo. 


Y en la misma luz que vino, desapareció. Casi como un regalo de despedida, el huganda pudo dormir en calma y paz sin pesadillas. 


Siete 


Despertó pasado medio día, el sol estaba particularmente más caliente que de costumbre. Se extrañó de que los viejos no le levantaran para desayunar, cuando se paró pudo sentir como el suelo le hablaba. Le decía que huyera, se colocó las botas y se levantó. 

La ciudad estaba totalmente vacía, no había un alma en los alrededores, sólo un sepulcral silencio. 


La arena le indicó que debía alejarse de allí, más exactamente de la iglesia del pueblo, la cual no distaba mucho del resto de edificios, de un solo piso de madera de roble con la única diferencia de que una enorme cruz en el frente indicaba su religión. All-Mer cómo era llamado, o el "llorón" era una secta desconocida para él. 


«a lo que a mí me consta, es igual a la de Baal o Pazuzu, enseñaban del amor pero solo es una excusa para tener un control sádico» pensó el chico de los taladros antes de tomar aire y abrir la puerta. 

Un potente destello de color verde lo cegó por unos instantes, cuando recuperó la vista pudo ver con horror lo que se hallaba frente a él: era el cadáver canibalizado del viejo Jenkins en medio del enorme salón de madera vieja, todos los ciudadanos, incluidos niños y ancianos se hallaban con las bocas llenas de líquido rojo, sus pieles de habían vuelto del color del brillo, y partes de sus rostros de habían desprendido como si fueran víctimas de algún hechizo de necrosis. 

El origen del brillo no tardó en presentarse, era una figura perturbadoramente familiar que se hallaba sobre el altar de mármol que todas las iglesias tenían. Era un individuo de armadura y grandes alas majestuosas que se fijó sobre el intruso, la mirada fija de aquel casco solo evocaba una profunda nostalgia y miedo dentro del hombre de taladros. En una mano llevaba una espada, una de apariencia extraña que asemejaba más a una especie de lanza o estoque (idénticos a los que Kaine usaba), en la otra llevaba un poderoso fulgor verde que alimentaba el cuerpo moribundo del enano, quien con sus últimas fuerzas soltó un alarido que estremeció todo el pequeño pueblo de Shady Water. 


Nadie hizo nada hasta el sonido de una explosión, era el sheriff zombificado en medio de aquella horda que había abierto fuego contra el chico. El disparo fue eludido con gracia por el joven adulto, quién, se dio media vuelta y salió corriendo, siendo perseguido rápidamente por los muertos. 

Instintivamente bajó la cabeza, esquivando un segundo tiro. No quería tentar a su suerte, no quería experimentar, al menos por ahora, lo que harían las balas en su cuerpo. Sus pensamientos fueron nuevamente interrumpidos cuando uno de los muertos salió por el frente con una navaja, con gracia felina agarró la muñeca de su atacante para doblarla hasta sentir el sutil sonido de los huesos rompiéndose.  Evitó otro disparo que rozó su costado y dejo al de la navaja allí mismo (sin percatarse de que sus muñecas se habían regenerado), con eso corrió entre dos pequeñas casas que formaban un intento de pasadizo. 


Su camino sin embargo fue obstruido por dos figuras que salieron de las paredes con los ojos inyectados en sangre y una expresión psicótica en cada uno. Su velocidad superior producto del entrenamiento de su antíguo maestro Kurt le permitió franquear a sus perseguidores, evitó un garrotazo a traición de uno y respondió con una patada de tal fuerza que envío por los aires al zombie gordo y grasoso, pudo sentir como su metatarso rompió todo el tórax, pero fue descuidado y el segundo aprovechó la defensa abierta del joven para darle un fuerte golpe con un martillo de carpintero. Cayó de espaldas, quedando desorientado justo antes de ver cómo la bota del zombie amenazaba con aplastarlo, pero pudo esquivar antes de responder con otra poderosa patada dirigida a la cara. Al igual que él anterior objetivo, la fuerza fue tal que destrozó la cabeza del perseguidor. Los ojos salieron disparadas de las cuencas y el cerebro y cráneo implosionaron en una masa sanguinolenta que cubrió al chico.


 Se levantó y tomó aire. 


«Insecto, ya te había dicho, usa siempre la técnica "wake" cuando vayas a pelear. Maximizar tus sentidos y preparar tus músculos para el combate es lo que tienes que hacer » agradeció la voz mental de Kurt. 


Su pecho se inflo y por unos instantes brilló como un sol pequeño, después abrió los ojos y se echó a correr otra vez, ahora hacia la calle siguiente. Todo esto fue mientras que a sus espaldas el zombie se regeneraba rápidamente. 


«Estos no muertos no son nada parecidos a los que me enfrenté » pensó en sus años en mundo bajo, donde se había combatido a todo tipo de amenazas. En su carrera se topó una vez más con el sheriff frente suyo. 


Antes de que el atacante abriera fuego el muchacho tomó un pincho que lanzó a toda velocidad, la fuerza fue lo suficiente como para hacer que el hombre saliera volando empalandose contra una pared trasera. 

El hombre de los taladros pudo tomar un poco de descanso, eran unos escasos segundos en los que pudo pensar en todo lo que ocurría a su alrededor. 


“¿Dónde están los señores?” Pronto esa pregunta fue respondida cuando dos voces llamaron su atención; estas provenían de la calle principal. Sintiendo a los pobladores aproximarse, él optó por dar un gran salto posicionándose sobre los edificios. Lugar donde fue emboscado por dos crías que habían estado canibalizando el cadáver de una mujer, su reacción fue rápida y sus taladros volaron y las cabezas de ambos niños se desintegró. 


Tomando otra carrera, recuperó sus armas y empezó a saltar entre las maderas con una habilidad que solo un ninja o algún pícaro podría haber igualado. Cuando llegó a la zona despejada en medio del pueblo pudo ver a dos figuras crucificadas.


— ¡huye, joven! — la voz avejentada del anciano con el que había compartido casa sonó quebrada. 


La anciana por su lado se hallaba a un lado suyo, ya con los ojos cerrados y la frente toda ensangrentada. La imagen era dantesca, en algún tiempo pasado se habría paralizado de miedo, vomitado o algo peor. 

Apuntó uno de sus taladros y disparó; destrozando la cabeza del hombre dándole una muerte mucho más rápida e infinitamente más indolora de lo que aquellos poseídos le habrían dado. 


Un humo le llegó a la vista y obligó a mirar de soslayo, la turba todavía enfurecida lo perseguía ahora con antorchas con las que prendían fuego las casas, incluida sobre la que él estaba. El joven pateó parte de la estructura sobre la que se hallaba, dejando que la madera cayera y atravesara a algunos de sus perseguidores. 

Pegó otro brinco y recuperó sus taladro, se puso en medio de la calle observando venir a todos los pobladores. 


Algunos se regeneraban lentamente otros blandían garrotes o cosas cotidianas. El chico, no, el hombre hizo girar sus taladros una vez más. 

Cada vez que disparaba sus armas un estallido estremecía el viento y destrozaba consigo a más de uno, cada que se le acercaban él los golpeaba con la fuerza suficiente como para enviarlos por los aires. 

La capacidad divina de ambos objetos impedía que los muertos se curaran o incluso ignoraran el dolor. Lentamente el combate se volvió una masacre. Solo así podía decírsele a eso, pues el hombre de marcas tribales lentamente había transformado la lucha en algo unidireccional, solo disparaba sus taladros cada que volvían y aniquilaba a tres, cuatro, cinco incluso más. Tras repetirlo varias veces, solo permaneció el hombre de los taladros de pie. 


Bajo suyo había una pila de cadáveres que se dibujaba en todo el pueblo. Y Shady Waters desapareció de la faz del planeta.


Ocho


—Shady Waters está muerta. Yo la maté. 


El elfo estaba petrificado del miedo. No había oído un brote zombie semejante en varios años (de los cuales la mayoría habían sido en el desierto y de pistolero), menos con tal potencia. 


– Hombres, mujeres y niños… Yo no habría tenido el valor – el tono del caza recompensas había cambiado a uno más de respeto. 


–Si usted trata de arrestarme arrancaré su cabeza, mi taladro se llevará por delante su bala en caso de que usted disparase primero – le retó el sujeto. 


–Su cabeza tiene recompensa – sacó de su bolsillo un papel, el contrario estiró la mano y lo examinó quedando pasmado – pero esos “platillos voladores” que usted busca también. 


–¿Entonces qué vienes siguiendo, pistolero? 


–De todos los pueblos atacados y visitados, usted ha sido el único que ha sobrevivido. Le propongo un trato: Yo te ayudó y tú me ayudas. – un silencio se apoderó de la sala.


–Cuál es tu nombre, elfo oscuro. 


– Ian, Ian Shadowblas.


El sujeto más fuerte llevó ambas manos sobre la mesa y habló. 


–Digg Kruz,  de Littner, hijo de Miguel. 



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Capitulo X